Por Fernanda Sández | LA NACION
Entre el
embarazo y los dos años puede definirse buena parte de los recursos cognitivos
y afectivos de las personas, una etapa que es prioridad para varios países de
la región, pero que en la Argentina sigue postergada
Hay un
tiempo preciso, y precioso. Es ése que va desde que un chico comienza a crecer
en la panza de su mamá hasta -dicen algunos- los dos primeros años. De hecho,
algunos especialistas extienden ese tiempo de oro hasta los seis años. Pero en
lo que hay una total coincidencia es en el rol decisivo de esos primeros
momentos en la Tierra. Ya hay, de hecho, abundante literatura sobre ese momento
que define el resto de la vida y que no es otra cosa que una sucesión de
"ventanas de oportunidad" para dotar a ese niño o niña de cosas
fundamentales para su desarrollo futuro. Pero no hablamos aquí sólo de lo más
evidente -como nutrición y salud- sino de ingredientes mucho más sutiles que
hacen al desarrollo infantil temprano (o DIT): caricias, canciones, juguetes,
música y alguien amoroso cerca con quién comenzar a investigar el mundo.
Cualquiera
que haya tenido un bebé cerca lo sabe: es la época de los libros de baño, de la
upa y el arrullo (ésa que solemos pasar tirados en el piso, jugando con
peluches, cascabeles y pelotitas), ésa en la que los chicos necesitan del
juego, del mimo y del tiempo casi tanto como del sueño y de la buena comida. La
clase de cosas en las que por años no se reparó demasiado por pensar que
"ocuparse" de la niñez consistía básicamente en reducir la tasa de
desnutrición y de mortalidad infantil.
Pero,
como ya marcaba la UNESCO en el documento "Hacia un porvenir seguro para
la infancia", hoy "la lucha por salvar vidas en la infancia debe ir
acompañada por la lucha por dar sentido a esas vidas". Esto es lo que el
consultor Robert Myers plantea como una mirada más allá de la supervivencia y
centrada en un porvenir seguro. Esto implica garantizar a tantos como sea
posible lo que se conoce como un "comienzo justo", de modo tal que el
destino de esa persona no quede sellado desde su nacimiento. Pero, ¿cómo se
empalma esto con una realidad local en la que -según datos de CEDLAS, de la
Universidad Nacional de La Plata- 27, 3 %de los niños entre 0 y 4 años son
pobres y 7,2% son indigentes? ¿Cómo es que se le habla, y juega y canta y
estimula a un chico en una casa en donde a veces ni la comida diaria está
asegurada o, en el mejor de los casos, se come pero no hay juguetes y aún menos
tiempo para jugar? ¿Una casa en la que a menudo los más chiquitos quedan al
cuidado de los hermanitos más grandes -cuando no de una providencial vecina-
para que la mamá pueda salir a ganar la comida para todos?
El futuro, en el pasado
Entre las
leyes, los tratados internacionales y las realidades suele haber, a menudo, un
precipicio insalvable. Así, aquello del "cuidado", la
"contención" y el "estímulo" promovido desde los organismos
de niñez se reduce a menudo a frases que circulan en congresos y seminarios
pero que nunca llegan al llano. No a todos, no adonde están y- tal vez lo peor
de todo- no a tiempo. Porque, y de nuevo, en materia de primera infancia lo que
manda es la urgencia y no hay tiempo que perder.
El doctor
Abel Albino, con cuatro décadas como pediatra y dos exclusivamente dedicado al
tema de la pobreza, lo ilustra con monedas. "Cuando nace, el cerebro de un
chico pesa lo mismo que seis monedas de un peso. A los 14 meses, pesa como 150
monedas. Y ya alcanzó el 80% del peso que tendrá de adulto", detalla en
una entrevista radial. ¿Qué significa eso? Que mañana siempre es tarde cuando
se trata de chicos chiquitísimos. Que dejar librado a un nene pobre a la
carencia que marca todo su alrededor (pobreza de colores, de sonidos, de
cuidados, de tiempo) es, ciertamente, un desdén imperdonable y con
consecuencias directas sobre ese chico y sobre la sociedad que lo dejó crecer a
la intemperie.
Es que,
efectivamente, esos mil primeros días que son el germen de todos los demás y
que son, además, una inversión inmejorable: por cada dólar invertido, regresan
no menos de 15. De hecho, según Florencia López Boo, economista senior en
protección social del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), "con la
inversión en la primera infancia, los retornos son mayores que los que se hacen
más tardíamente en el ciclo de vida. Estudios sobre la formación de habilidades
han demostrado que las intervenciones en la primera infancia constituyen uno de
los raros ejemplos de intervenciones que son al mismo tiempo equitativas y
eficientes. Es decir, que reducen las desigualdades al tiempo que elevan la
productividad de la sociedad como un todo". Definitivamente, el futuro
está hecho de pasado. Aunque no se note a simple vista.
Ahora, todos, por mucho tiempo
Sin
embargo, el gran obstáculo para el desarrollo de políticas integrales y
eficaces para la primera infancia es, justamente, el carácter invisible de esas
inversiones en el corto plazo. Ni el funcionario más extravagante se animaría a
inaugurar un cerebro bien cableado, que es justamente lo que se obtiene en
torno de los 24 meses cuando un niño ha recibido -además de comida y vacunas-
el suficiente cuidado, el suficiente abrazo, la necesaria cuota de canciones y
besos. Esa clase de logros no suelen ganar elecciones, tal vez porque sólo se
notan al cabo de muchos años. Pero hay, aun así, ejemplos demoledores.
Tal el
caso del llamado Estudio Jamaiquino, una investigación que siguió durante
décadas a cuatro grupos de niños muy pobres de la ciudad de Mona, Jamaica. Se
trataba de 129 chicos de entre 9 meses y dos años, todos subdesarrollados para
su altura y edad.
Para la
investigación, los nenes (y sus familias) fueron separados en grupos. El
primero recibió un refuerzo nutricional y asistencia en salud. El segundo, no
recibió el refuerzo en nutrición pero sí libros, juguetes y la capacitación
para que los padres supieran cómo estimular cerebralmente a sus hijos. Así,
según cuenta el artículo publicado por la Asociación Estadounidense para el
Avance de las Ciencias (AAAS), a los padres "también se les enseñó mejores
maneras de conversar con sus pequeños y de responderles. Tales interacciones
cotidianas no siempre son parte de la cultura en países de ingresos bajos.
Quizás no les hayan enseñado cómo hablar con sus hijos o cuán importante y
efectiva es esa comunicación". El tercer grupo recibió las dos cosas: el
mismo refuerzo y cuidados de salud, y además a los padres de esos niños se les
entregaron juguetes artesanales, libros con ilustraciones y asesoramiento
acerca de cómo interactuar con sus chiquitos. El cuarto grupo, de control, no
recibió nada y simplemente siguió creciendo como había crecido desde siempre
los niños pequeños en esa comunidad empobrecida.
Como sea,
décadas después los resultados estaban a la vista: "Los estudios de
seguimiento durante los 20 años siguientes revelaron que los niños jamaiquinos
que habían recibido estimulación mental tenían mejores calificaciones escolares
y coeficientes intelectuales más altos; además, manifestaban menores indicios
de depresión y se involucraban en menos peleas", consigna el documento.
Más aun: analizados nuevamente como jóvenes adultos, se verificó que
"quienes participaron en la intervención estimulativa habían ganado un 25%
más que los niños del grupo de control. Y lo que es todavía más sensacional,
habían cerrado la brecha -en estatura física y económica- entre ellos y los
demás niños de estatura y peso normales en su vecindario".
Pero
tampoco hay que viajar hasta Jamaica para encontrarse experiencias alentadoras.
En Chile, de hecho, el programa Chile Crece Contigo va en el mismo sentido y
-para preservarlo de los vaivenes de la política- tiene rango de ley y seguirá
adelante suba quien suba al gobierno. Hace tres años, durante el encuentro
regional de políticas integrales de primera infancia organizado en Buenos Aires
por UNICEF, la pediatra chilena Helia Molina Milman explicó que "Chile
Crece Contigo permite equiparar oportunidades de desarrollo infantil,
previniendo las causas estructurales de la pobreza y aportando a la movilidad
social. Genera prestaciones de apoyo a la primera infancia (desde la gestación
hasta los 4 años), provistas por diversos servicios públicos, lo que permite
realizar un seguimiento a la trayectoria del desarrollo de cada niño y niña
durante su primera infancia, lo que implica detectar oportunamente situaciones
de riesgo y/o factores de vulnerabilidad que los afectan a ellos y a sus
familias. Esto se logra generando alertas que activen las prestaciones tanto de
salud como del ámbito social, derivando y monitoreando caso a caso, para
atender así las distintas situaciones de vulnerabilidad que se presentan".
Sobre este mismo modelo chileno se está desarrollando un programa similar en
Uruguay.
La otra deuda
Según
revela un documento del BID llamado "Panorama sobre los programas de
desarrollo infantil en América Latina y el Caribe", efectivamente la
mirada sobre la primera infancia ha cobrado otro valor. En el trabajo, los
expertos analizaron 40 programas de primera infancia en 19 países de la región.
Y si bien los avances son positivos, marcan varias deudas pendientes. Por caso,
la cobertura suele ser bastante acotada (algo grave, teniendo en cuenta que
salvo casos excepcionales en cada uno de los países no menos de la mitad de la
fuerza laboral está conformada por mujeres); las listas de espera para acceder
a los centros de infancia y programas por el estilo son eternas; si bien se
sirve tres y hasta cuatro comidas a los niños, no siempre hay un seguimiento
nutricional adecuado; y -tal vez lo más inquietante de todo- a menudo el
personal no está adecuadamente entrenado y, más que estimuladores, suelen ser
meros cuidadores.
En
Argentina, mientras que la Capital Federal cuenta con los llamados Centros de
Protección Infantil (orientados a contener y a estimular a chicos de sectores
vulnerables), también existe un programa de alcance nacional llamado Primeros
años, que -mediante reuniones mensuales- brinda capacitación a los padres y
madres de las familias más desprotegidas en temas tales "lactancia
materna, alimentación y nutrición, cuidados en el embarazo y del niño/a
pequeño/a, prevención de enfermedades infantiles, hábitos de higiene, educación
sexual integral, lectura y narración, juego, aprendizajes tempranos,
escolarización inicial, terminalidad educativa, promoción del trabajo decente,
erradicación del trabajo infantil, derechos del niño, entre otros",
precisa Liliana Pierotti, del Ministerio de Desarrollo Social, en el documento
"Crecer juntos para la primera infancia".
La
pregunta de siempre: ¿alcanzará con eso? Para Fabián Repetto, investigador del
Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y la Igualdad
(Cippec) y director de su Programa de Protección Social, claramente no.
"Porque si bien es real que ha habido avances en primera infancia, como el
plan Primeros Años o el Plan Sumar, lo que no hay muchas veces es coordinación
ni presupuesto suficiente. Hay programas, sí, pero no políticas públicas
integrales, como tampoco hay algo que considero fundamental para el éxito: el
monitoreo de lo que se hace. Hoy hay muchos programas pero no se sabe cuál
funciona y cuál no. Por otro lado, en todas las experiencias exitosas
internacionales el compromiso real y efectivo del ejecutivo nacional jugó un
rol central. Lo que comparten todos los países en los que las políticas de
primera infancia se han desarrollado con fuerza y eficacia ha sido el
compromiso de sus presidentes. En Brasil con su Brasil Cariñoso, en Colombia
con su De cero a siembre, en Chile con Chile crece contigo, son los primeros
mandatarios los que impulsan esto. Sé, de primera mano, que Mujica quedó
impresionado cuando le mostraron las diferencias entre un cerebro infantil
estimulado y otro que no, y que desde ese mismo momento tomó el tema como
propio. Nosotros, lamentablemente, estamos muy lejos de eso".
Por estas
horas, en las que el país entero parece vivir más atento al sobrevolar de los
buitres o a la taquicardia del dólar, tal vez ya sea hora de volver a pensar en
el poder de lo invisible. En los millones de chicos que, en este preciso
momento están tejiendo dentro de sus cabecitas el poncho que les abrigará- o
no- el resto de su vida. Porque si aún hoy el futuro sigue dependiendo de dónde
se haya nacido, algo está mal. Y si ese futuro nos ofrece una posibilidad
concreta de modificarlo, y no lo hacemos, algo está peor. ¿Qué sentido tiene
hablar de equidad cuando ya la carrera se comenzó en inferioridad de
condiciones? Porque, como repite Albino, lo material se reconstruye pero lo
otro -lo que él mismo llama los "petisos sociales", los chicos destinados
a crecer menos, entender menos, hablar con menos palabras que los otros-, no.
Infancias en alerta roja
200
millones son los
niños menores de cinco años que, en el mundo, no logran desarrollar todas sus
potencialidades por haber nacido en la pobreza.
18.000 son los chicos menores de 5 años
que mueren por día en el mundo a causa de enfermedades evitables.
1000 días son, en principio, el tiempo del
que se dispone para intervenir positivamente en la estimulación cerebral de un
niño.
90% del desarrollo total del cerebro
se alcanza en los dos primeros años de vida.
17
dólares es la
cifra que se evita de gastar un Estado con tan sólo invertir 1 dólar en la
primera infancia..
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