jueves, 8 de diciembre de 2011

TE QUIERO TANTO, QUE NO PUEDO AMARTE Por Julio Bevione

Creo que de todos los aprendizajes pendientes que tenemos como seres humanos, el más notable es alcanzar el éxito en las relaciones personales, desde las familiares, a aquellas entre amigos y por supuesto, con nuestra pareja. ¿Por qué fracasamos entre tantos intentos por encontrar paz en nuestras relaciones?
En principio, hemos confundido la energía del amor con una versión un poco más egocéntrica que implica “necesitarnos”. De hecho, cuando decimos “te quiero” a alguien, estamos siendo realmente honestos en nuestro deseo porque cuando creo “amar”, en realidad “quiero” que esa persona sea de determinada manera y no de otra, “quiero” que esté a mi lado, “quiero” que siga cierta conducta. Efectivamente “te quiero”, entonces, porque “te quiero, te necesito”.
Por mucho que lo intentamos, incluso, muchas veces ofreciendo cosas a cambio o nuestro propio cambio, lo que necesitamos no siempre llega. Muy pocas veces nos es devuelto lo que damos tal y como lo queremos. Y es allí cuando llegan a las relaciones el malestar, la frustración, el resentimiento ¡hasta el odio!
Sin embargo, como del amor nunca puede nacer lo que no sea amor, definitivamente queremos a esa persona, pero nunca llegamos a amarla. Para amarla no debería “querer” tanto de ella, sino más bien aceptarla tal como es. Sólo con la aceptación llega el amor.
 
¡Sí! Sé cuánto nos cuesta amar de esta manera. Nos cuesta con nuestros hijos, con nuestros padres y especialmente con nuestra pareja.
Y es que quizás no estamos listos para esta energía tan sublime. Pero sólo ella nos llevará a crear una relación amorosa. Por eso, comencemos a practicarla aceptando al otro tal como es, en lugar de querer que sea de una u otra forma. Estoy seguro que ésta es la única manera posible de tener una relación en paz.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Las 24 horas del abuelo de Gurdjieff

Gurdjieff solía decir que toda su vida cambió cuando su abuelo, que se moría cuando él tenía nueve años, le llamó y le dijo: «Soy un hombre pobre y no tengo nada que dejarte, pero me gustaría darte algo. Lo único que he guardado como un tesoro es esto, que me lo dio mi propio padre. Eres muy joven, pero recuérdalo. Algún día lo comprenderás, así que basta con que lo recuerdes. Ahora no es el momento de que lo entiendas, pero no lo olvides. Algún día lo entenderás.». Y lo que le dijo fue: «Si alguien te insulta, contéstale al cabo de veinticuatro horas».
Fue una transformación porque ¿cómo puedes reaccionar al cabo de veinticuatro horas? La reacción necesita inmediatez. Gurdjieff decía: «Cuando alguien me insultaba o decía algo desagradable, yo tenía que decir: volveré mañana. Sólo puedo responderte al cabo de veinticuatro horas. Se lo prometí a mi abuelo y ahora está muerto, así que no puedo echarme atrás. Pero volveré».
La persona en cuestión se quedaba desconcertada. No comprendía de qué iba todo aquel asunto. Y Gurdjieff tenía tiempo para pensar en ello. Cuanto más pensaba, más inútil le parecía. A veces le parecía que aquella persona tenía razón, que lo que había dicho era verdad. Gurdjieff regresaba y daba las gracias: «Sacaste a la luz algo de lo que no era consciente». A veces descubría que la persona en cuestión estaba equivocada, así que ¿para qué molestarse? A nadie le importan las mentiras. Cuando te sientes herido es que debe haber alguna verdad implícita: si no, no te dolería. Por eso, en ese caso tampoco vale la pena enfadarse.
Y seguía contando: «Me di cuenta de que siempre que utilizaba la fórmula de mi abuelo, la rabia iba desapareciendo poco a poco». Y no sólo la rabia, sino que poco a poco se fue haciendo consciente de que esa misma técnica podía utilizarse con otras emociones, y que todo desaparecía. Gurdjieff fue una de las cimas más elevadas de esta era, un buda. Y su periplo empezó dando un pasito, con la promesa hecha a un anciano moribundo, que cambió toda su vida.
Publicado por Osho Akeed

viernes, 25 de noviembre de 2011

Las emociones están profundamente implicadas




Cuando no hemos aprendido a decir que no, nuestro cuerpo puede terminar diciéndolo por nosotros.
Las emociones están profundamente implicadas en las causas de una enfermedad y también en la restitución de la salud.
Nuestro sistema inmune no existe separado de nuestras experiencias cotidianas. Cuando reprimimos nuestras emociones, ésta inhibición desarma las defensas del organismo contra las enfermedades convirtiéndolas en destructoras en lugar de protectoras de nuestra salud.
La mayoría de las personas viven sus vidas como si un poderoso y omnisciente juez los estuviera observando y tomando examen. Esto genera un tremendo stress.
Quedarse atrapado en roles y desconectarse por demasiado tiempo de nuestro verdadero yo fomenta el territorio apropiado para el desarrollo de enfermedades.

Cuando los límites se desdibujan y permitimos que otros invadan nuestra intimidad o no hacemos respetar nuestras necesidades, el cuerpo nos lo hace saber.
Reprimir el enojo incrementa las posibilidades de enfermarse.
La represión de las emociones sumada a un excesivo perfeccionismo y una dura autocrítica son el triángulo de las Bermudas para la salud.
Las emociones no son ni buenas ni malas y, como lo dice su etimología, están hechas para fluir y estar en movimiento. Esconderlas y estancarlas enferma e intoxica al organismo.
La persona indicada y mejor capacitada para promover la propia salud y el bienestar es uno mismo.
Es necesario encontrar un equilibrio saludable entre la idea de tener que agradar y complacer a los demás y la importancia de prestar atención a los propios deseos y necesidades.



Ideas tomadas del libro "When the body says no" de Gabor Maté, MD